J.A. Domènech
04/10/2021

Atraque el lunes 27 de septiembre del buque Bolette, el primero del año.

El pasado lunes 27 llegaba al Port de Tarragona el primer crucero de la temporada 2021. El “Bolette” arribaba con 500 turistas a bordo, la mayoría de nacionalidad británica. Un atraque de “enorme carga simbólica para el Port”, como señaló el presidente de la Autoridad Portuaria de Tarragona (APT), Josep Maria Cruset. Y es que, tras la fallida temporada del 2020, con un único crucero en marzo, justo antes de las medias de suspensión del sector tras el estallido del Covid-19, ha tenido que pasar un año y medio para que el enclave volviera a ver otro crucero.

Quizá hasta fin de año, puedan llegar a Tarragona media docena más de buques, aunque siempre con cierta prudencia en las estimaciones, porque se trata, como señalan desde la ATP, de “previsiones y no de confirmaciones”. La vista está puesta, entonces, en el 2022. No se empezará de cero, naturalmente, pero el próximo año será clave en la recuperación local de este sector.

Los puertos de mayor tradición crucerista del Estado ya están en pleno camino hacia la deseada normalidad, como pueden ser los enclaves de Barcelona, Valencia, Málaga o Cádiz, entre otros, con numerosos cruceros programados desde julio a diciembre, pero también hay buenas perspectivas en puertos como el de Santander o el de Ferrol, entre otros de menor peso en este sector. En general, podemos hablar de inicio sostenido de la recuperación, si tenemos en cuenta que solo en el mes de julio se alcanzaron en España los 565.260 cruceristas, según las estadísticas de Puertos del Estado, aunque bien lejos de los datos del mismo mes de 2019, con 966.000 pasajeros.

2019 fue el año récord de este sector en el Port, en volumen de pasajeros, número de compañías y escalas, sumando 128.000 cruceristas, un 30,5% más que en 2018. Un año, 2019, que colocó a la infraestructura tarraconense en el puesto número 11 por volumen de los puertos del Estado receptores de cruceros, escalando cuatro lugares respecto al ranking de 2018. Posición que situó al Port cerca de sus inmediatos antecesores, Vigo y La Coruña, aunque un poco más lejos que Cartagena, que sumó 250.000 visitantes. Curiosamente, fue Cartagena uno de los puertos que en su día sirvió de posible modelo al de Tarragona para desarrollar este sector. Cartagena era un puerto industrial que había conseguido atraer el interés de varias compañías de cruceros, y reunía además ciertas similitudes con el de Tarragona.

El gran despegue del enclave tarraconense situándolo en el mapa de la industria de cruceros se produjo en 2017, cuando la APT logró cerrar un acuerdo con la compañía Costa Cruceros, estrenando en Tarragona una de sus rutas como puerto base. Costa Cruceros venía a cristalizar un anhelo histórico del Port, después de 20 años de innumerables gestiones y anuncios por parte de los responsables portuarios que no llegaban. En 2017 Costa aportó cerca de 29.000 cruceristas a Tarragona; en 2018 se rebasaron los 80.000 pasajeros, al haber incorporado a la ruta el Costa Victoria, un barco de mayor capacidad, que sustituía al neoRiviera. Para 2019 se anunció la llegada del Costa Fortuna, uno de los barcos emblemáticos de su flota.

Sin embargo, ese mismo año la compañía italiana decidió reducir sus escalas para 2020, fijándolas en 16 (36 en 2019) y desestimando a Tarragona como puerto base de salida de una ruta estándar. La pandemia frustró todas las operaciones del 2020, afectando, obviamente, también a las de Costa Cruceros. Recientemente, además, el presidente de Costa Cruceros, Mario Zanetti, declaraba que su compañía no tenía “planes a corto plazo para Tarragona”. De hecho, los catálogos de las agencias no recogen a día de hoy ninguna ruta por el Mediterráneo para 2022 en la que un barco de Costa haga escala en Tarragona.

Pese al recorte anunciado por Costa Cruceros, lo cierto es que 2020 se vislumbraba como un año de muy buenos registros; entre otras razones, por el anuncio de la llegada de la compañía Royal Caribbean, con la que la Autoridad Portuaria consiguió un contrato en 2019 para iniciar operaciones en 2020, con cinco escalas en Tarragona. El Port tenía atada así a la segunda operadora mundial de cruceros. Sin embargo, todas las escalas previstas tuvieron que suspenderse por la Covid-19. Con la Llegada de Royal Caribbean, el Port  hubiera tenido operando en sus instalaciones a los dos grupos referencia en los cruceros de volumen, dado que Costa Cruceros es filial del grupo Carnival, el referente mundial del sector.

Así las cosas, el Port se enfrenta a uno de sus grandes retos de captación de cara al 2022. Una empresa de gran dificultad teniendo en cuenta que el mayor puerto de cruceros de España es Barcelona (114.000 cruceristas registrados este año hasta agosto), y que muy cerca también se encuentra Valencia (32.000 pasajeros). Y aunque no son el modelo de opción para Tarragona, sí que, en cambio, son un imán para todas las compañías de referencia. Quizá el principal objetivo sea precisamente el que una compañía de primer nivel en volumen incluya a Tarragona como escala o, mejor, puerto base de uno de sus cruceros. Si el Port en su día fue capaz de captar a Costa Cruceros y a Royal Caribbean, no parece que, al menos en el terreno teórico de la negociación, vaya a perderse esa capacidad. No pocos expertos apuntan que, una vez que un puerto consigue una de las “grandes”, la posibilidad de atraer a otras compañías, e incluso a las denominadas premium, es mucho mayor.

Por otra parte, hay que recordar que muy pronto se inaugurará el nuevo muelle de Balears, aunque de uso factible como multipropósito, tiene un diseño pensado para el atraque de buques de crucero de gran volumen, ofreciendo una operativa más ágil y cómoda. En esta estructura, la Autoridad Portuaria ha invertido 30 millones de euros. Una apuesta que, en el caso de los cruceros, no es de negocio propio, ya que su aportación a la cuenta de resultados se considera ‘neutra’. Se trata de un proyecto, el de los cruceros, que va enfocado al beneficio directo para el territorio, sumando visitas turísticas, dando a conocer diferentes atractivos, fidelizando al visitante de cara a futuro y, en resumen, añadiendo mayor consumo para la economía local.