Estibadora del Port de Tarragona

T.P.
12/07/2021

Siempre se ha dicho que el de la estiba es un mundo de hombres y que las mujeres no tienen cabida en él. Si bien es cierto que la estiba, como la mayor parte de los trabajos manuales en los que hace falta fuerza y en los que se utiliza maquinaria pesada, era tradicionalmente una labor masculina, afortunadamente esto ha ido cambiando con el paso del tiempo y cada vez son más las mujeres que participan en la carga y descarga de los barcos. Aun así, las titulaciones promovidas por el Gobierno para acceder al trabajo de estiba las cursan mayoritariamente estudiantes masculinos (entre un 90 y un 98%). La primera mujer estibadora se contrató en el puerto de Valencia en 1998, aunque tres años antes ya había mujeres haciendo labores de estiba como trabajadoras eventuales. Hoy en día ya son muchos los puertos que cuentan con estibadoras en sus plantillas, entre ellos, el de Tarragona. Esther Martín es una de ellas y en esta entrevista nos explica cómo es ser mujer y trabajar en un sector tan masculinizado.

“Al principio me sentía observada y, además, yo tenía la presión de ser hija de un antiguo estibador”.

¿Cómo se te ocurrió meterte en el mundo de la estiba?

Mi padre era estibador y se jubiló hace ocho años. De pequeña me llevaba al puerto y, cuando veía las grúas, siempre decía que, cuando fuera mayor, quería llevar una. Siempre me han gustado los trabajos tradicionalmente masculinos y, además, siempre he estado muy orgullosa de mi padre. Yo fui madre con 21 años y tenía tres trabajos para sacar adelante a mi hijo porque era madre soltera. Cuando llevaba así un tiempo, mi padre, que me veía trabajar muchas horas, me propuso intentar entrar en el puerto de Tarragona. Me pareció un reto y me lo tomé con mucha ilusión. En 2006 conseguí entrar como eventual después de pasar las pruebas y cuatro años más tarde, en 2010, entré como trabajadora fija.

¿Las pruebas para entrar son las mismas que tienen que pasar los hombres? ¿Y el trabajo que hacéis y el sueldo también es el mismo?

Sí, son las mismas pruebas, aunque con distinto baremo, y hacemos los mismos trabajos cobrando el mismo sueldo.

¿Eres de las primeras estibadoras que entraron en el puerto de Tarragona?

Años atrás, antes que yo, entraron tres mujeres, pero no consiguieron habituarse al trabajo y lo dejaron. Después entró alguna más. Cuando yo entré había tres o cuatro eventuales. Después entró Débora, la primera estibadora con contrato fijo del puerto de Tarragona, y a los pocos años entramos dos más, mi compañera Lourdes, que no puede trabajar con nosotros porque sufre de fibromialgia, y yo.

¿Cómo te veían tus compañeros cuando entraste?

Al principio me sentía observada y, además, yo tenía la presión de ser hija de un antiguo estibador. Pensaba que tenía que tirar como un hombre. En mis inicios sentía que tenía que demostrar más que los hombres pero con el paso del tiempo esto ha cambiado. Es evidente que es un mundo mayoritariamente de hombres y mis compañeros, al principio, estaban a la expectativa. Se producen micromachismos, pero sin maldad. Cuando había algún trabajo duro, por ejemplo, los compañeros me decían que lo hacían ellos, pero yo siempre he dicho que no, que es mi trabajo y que cobro exactamente lo mismo. Soy perfectamente capaz de realizar el trabajo.

“Ahora me siento respetada y valorada tanto por mis compañeros como por mis jefes”.

¿Cómo te sientes ahora con el paso de los años?

Ahora me siento respetada y valorada tanto por mis compañeros como por mis jefes y también por el resto de la comunidad portuaria.

¿Has tenido algún problema en tu trabajo por el hecho de ser mujer?

Alguno he tenido, pero son los mínimos. Sí que es verdad que, en los barcos, sobre todo en los de origen turco, por ejemplo, las tripulaciones acostumbran a ser muy machistas y algún problema he tenido, pero mis compañeros siempre están ahí y siempre me he sentido muy arropada. Cuando subo a bordo, siempre me dicen que quieren verme por la cubierta y ellos están controlando. Una vez tuve una discusión con un oficial de un barco turco, pero mi jefe y mis compañeros subieron a bordo y lo pusieron en su sitio. Al final, acabaron disculpándose tanto el oficial como el capitán. Hay trabajos que tiene que hacer la tripulación y, cuando es una mujer la que se lo dice, no lo llevan demasiado bien. Eso ha sido la máxima complicación con la que me he encontrado.

¿De todos los trabajos que haces, cuál te parece más duro?

El más trabajo más duro físicamente es el peonaje. Cuando vas a la carga general, al hierro, tienes que tirar de bragas que pesan mucho y pasas miedo, incluso vértigo porque tienes que saltar de estibas en estibas. Eso requiere una preparación física importante. En la bodega, por ejemplo, cuando hay mucho género, tienes que tirar de pala y eso duele la vida. Pero cuando yo sufro más, a nivel psicológico, es cuando estoy en la grúa. Cuando cargamos hierro, cargamos muchas toneladas y, si falla algo, si se rompe la izada, sabes que tus compañeros pueden resultar heridos. Eso es lo más duro. Prefiero tirar de pala.

¿Y según el tipo de mercancía, cuál es el trabajo que te parece más peligroso?

Lo más peligroso es la carga general, las planchas y las vigas de hierro, por ejemplo, pero hay mercancías, como el carbón o el bórax que son muy perjudiciales para la salud y pueden dejarte estéril. Las mujeres, por ejemplo, no podemos trabajar con bórax por ley porque la afectación es mayor que en los hombres. Cuando tratas con este tipo de mercancías, como el fosfato bicálcico, tienes que llevar mascarilla. Además desprenden mucho calor, sudas y los pliegues de la piel se irritan y te pican los ojos.

“Lo más peligroso es la carga general, las planchas y las vigas de hierro”

Tú eres madre soltera. ¿Cómo concilias tu vida familiar con tu vida laboral?

Es una locura. Cuando mi hijo era pequeño, tiraba de canguro y la tenía loca porque no sabes qué turno tendrás hasta el mismo día. Cada día hay dos llamadas. A las 7h de la mañana se establece la jornada de mañana y la jornada partida y a las 12h del mediodía sale la jornada de tarde, noche y madrugada. Hasta entonces no sabes si trabajarás o no y qué horario tendrás y eso complica las cosas cuando dependes de otra persona para que se quede con tu hijo. Cuando ya fue un poco mayor, antes de irme de casa le dejaba fiambreras con comida por si tenía que comer o cenar solo. Ahora ya tiene 17 años y se puede apañar solo. La verdad es que no es fácil si estás solo porque cuando realmente ganamos dinero es cuando doblamos turnos, cuando estamos 12 horas en el puerto. El salario base no está mal, pero es como cualquier otro.

Pero eso no pasa solo con la familia, pasa con cualquier cosa que tengas que hacer. Tu círculo de amigos ya sabe cómo funciona tu trabajo. Incluso el médico sabe que es complicado y que yo no sé si podré ir a la cita hasta el mismo día. Es cuestión de acostumbrarse.

Ahora ya hace más de diez años que trabajas con contrato fijo en el puerto de Tarragona, pero en otros enclaves, como el de Algeciras, no se levantó el veto para que entraran las mujeres en la estiba hasta 2018.

Sí, hace muy poco que se levantó ese veto. Como hemos comentado, hablamos de un sector muy masculinizado, donde es difícil dar la talla. No todas ni todos valen. En Algeciras hay mucho tráfico de contenedores y las barras de las trincas pesan mucho. Hay hombres que trabajan de manera conjunta para poder realizar esos trabajos y ellos eran muy reacios a que entraran mujeres. Sin embargo, al final han conseguido entrar y están trabajando muy bien. Conozco a algunas de ellas y son majísimas.

¿Las has conocido en los encuentros de mujeres estibadoras? ¿Cómo empezaron estos encuentros?

Esto empezó a forjarse hace unos años. Empezamos a buscarnos por las redes sociales. Una de mis compañeras del puerto de Valencia, Sandra, empezó a moverlo todo y formamos un grupo que se ha ido ampliando con el tiempo. Llegó un momento que decidimos que queríamos conocernos y organizamos el I Encuentro de mujeres estibadoras en Valencia. La segunda edición la organizamos en Cádiz y la tercera en Málaga.

“Hablamos de un sector muy masculinizado, donde es difícil dar la talla. No todas ni todos valen”

¿Qué se trata en estos encuentros?

Hablamos sobre muchos temas: la conciliación familiar, cómo es nuestro trabajo, cómo desempeñarlo… Hay una parte de asamblea y también hay una parte de ocio, donde salimos juntas para poder conocernos. No existe ninguna asociación de mujeres estibadoras, nos agrupamos solas. En general, en el mundo de la estiba, siempre nos agrupamos, tanto hombres como mujeres, vamos siempre a muerte. En nuestro caso, el hecho de ser minoría nos hace ser aún más sensibles. En Valencia, por ejemplo, está la primera mujer que ha llegado a capataz. Sus pasos son mis pasos y lo que yo consiga también es un beneficio para ella. Así somos los estibadores y estibadoras. Cuando nos atacan, hacemos siempre mucha piña.

¿Qué le dirías a una mujer que quiera entrar en el mundo de la estiba?

Yo estoy muy contenta con mi trabajo y le diría que no permita que nadie le haga el trabajo, que somos capaces de hacer cualquier cosa si nos lo proponemos. Pero es cierto que tenemos que demostrar que valemos, no podemos entrar como princesitas, somos estibadoras.